Una parte que aun no estoy seguro si incluiré del capitulo en curso de Necropolipzis
Added 2017-08-03 02:59:31 +0000 UTC
— Putamadre se las van a comer, hay que ir por ellas, aun tienes balas?— dijo Horacio apurado
— Te dije que eran las últimas. además aun no te gastas los dos cargadores que te di.
— Cierto, cierto. Recarguen que vamos por ellas.
El andrógino Samuel apareció de donde sea que haya salido y se asomó entre los cristales de la torreta,
— Ni madres— dijo Samuel, con ya se imaginaran el tono de; “yo no salgo de aquí ni a patadas. — no pienso salir y menos por unas putas gallinas.
— y morirse de hambre es mejor?— espetó Horacio con brusquedad.
Desde las ventilas en las escotillas podía ver que los zombis habían aparecido en hordas cual invocados del infierno.
y sabían que nos encontrábamos en el interior.
Se empujaban los unos a los otros contra el tanque en inesperado orden. Mientras por la derecha nos empujaban meciendo la suspensión, los de la izquierda retrocedían hasta que tomaban su turno, en principio fue inclusive adorable en cierto modo.
hasta que el tanque se mecía de lado a lado cual lancha en mar picado, guardar silencio apenas te descubren parece ya no servir de nada.
Comenzábamos a rebotar contra el casco interior.
Hasta que algo explotó. todos los que nos rodeaban cayeron destrozados al mismo tiempo. Horacio estaba tras de mí en el asiento de comandante.
— Lo encontré.— dijo como el presume un logro.
Escuchábamos el motor rugiendo intermitentemente, aquellos sacudones lo hicieron funcionar a medias, Lizbeth pisó a fondo pero el tanque a duras penas se movía por encima de la pila de cadáveres.
y una explosión se hizo de la nada bañando de sangre todas la viseras
—Nos queda un disparo. —dijo Horacio.
— Recarguen todos, Horacio llena tu cargador. — le pasé la bolsa donde tenía las balas de mi rifle, no sin antes sacarle un par de clips para mí.
Metódicamente Horacio sacaba las balas de un peine y las sujetaba con la mano para meterlas una a una en los cargadores vacíos que aun tenia. eran 3, uno simple y los encintados que le di; los otros dos no sabían que hacer.
— Ayúdalos wey, en lo que saco esta madre. — pedí a Horacio mientras desmontaba pernos y varillas galvanizadas que mantenían la ametralladora sujeta al cañón.
Gracias al cielo tenía cacha plegable que acomodé en seguida, halé el arma hacia mí; y la seguía una enorme cinta de balas de poco más de dos metros que cargué sobre los hombros. La maldita metra pesaba como 10 kilos y medía más de un metro; y las balas no eran ligeras, ahora sé cómo se siente una mula de carga.
—Listos. — reportó Horacio con excepcional profesionalismo en la voz, solo le faltaba decir “señor”.
— Revisa si hay cajas de balas con la munición, aquí no tengo ni 100 cartuchos.
Los tres revisaron. en segundos Horacio tenía una gran caja de madera, que presumía contener mil quinientas balas. pero estaba casi vacía y las balas estaban sueltas, no las podía usar en la ametralladora. los otros dos tenían una caja metálica en cada mano, que presumía de 200 cartuchos cada una.
no fue ni un minuto el que allí pasamos para prepararnos, pero se sintieron horas.
Horacio metió las balas sueltas en la ahora vacía mochilita que le había pasado, esta apenas se llenó.
Se situó nuevamente en el asiento de comandante girando y tentando varios interruptores.
—A mi señal.— tenía la vista puesta fuera, los pasos de los zombis que se trepaban al tanque atraídos por la detonación anterior resonaban como tambores de guerra.
—¡Ahora!.
Volvió a detonar lo que sea que estuviera fuera, y antes siquiera que acabara de sonar abrió la escotilla y salió primero, luego Lizbeth que se escurrió entre el doc y la escotilla antes que este pudiera salir, y finalmente yo.
El sol de la tarde deslumbraba inclemente, me deslicé de la torreta al chasis y de ahí al piso.
todo bajo mis pies era rojizo tirando a morado, blando y resbaloso y supongo que el hedor era espantoso, pero en ese momento era mi menor preocupación.
Muchísimos tiros salían de esos tres que despejaban el frente antes que empezara a correr para alcanzarlos, no sé si ya les había dicho, que esta madre pesa tanto que por más que me esfuerce solo llego a caminar rápido, si corro no voy a durar ni 10 segundos.
Quisiera ayudarles a abrirnos paso, pero ya me llevan bastante ventaja, y con mi tino seguro los acabaría matando a ellos antes que cualquier zombi.
Hacía un calor espantoso, pero apreciaba que la luz comenzaba a menguar, y tornarse naranja, anochecerá en un par de horas.
De frente no había muchos zombis y, los que había poco o ningún caso nos hacían, hasta vi como mucho nos daban la espalda, como si tuvieran a donde ir, esos eran los que más caían ante los constantes balazos
— Y si los matamos?.— susurró en mi oído una voz que estoy casi seguro era la mía — comida fresca, suficiente para salir de aquí riendo.
Fingí hacer caso omiso, hasta que el estómago me traicionó gruñendo y retorciéndose; y manteniendo el paso, intente dialogar con la voz.
— Me van a alcanzar antes de probar sus carnes.— respondí estoicamente.
— Es arriesgarse o morir, tus amigos lo entienden. Tanto escándalo para escapar de frente— proseguía.— sin importarles cuanto llaman la atención de los que correr a sus espaldas, no sé tú, pero creo que tenemos más posibilidad de salir de aquí si comemos, que ellos cagándola. Y si lo que buscas es una excusa, piensa que estamos más cerca de los zombis que llaman sin darse cuenta.
Ya sentía los pasos retumbando en el suelo, y si en algo tenía razón la voz, es que no saldría de aquí, sin jalar el gatillo.
Así que sujete la metra tan fuerte como si quisiera aplastarla, frené en seco dando media vuelta y abriendo fuego impío de izquierda a derecha. Esa cosa pateaba y se sacudía como un perro eufórico cuando tratas de cargarlo. Primera, segunda, tercera creo que hasta cuarta línea de zombis cayeron en el acto, dándome valioso espacio para actuar.
Sentía el cuello irritado y punzante por el violento recorrerse de la balas y retrocedía caminando de espaldas abriendo fuego una vez más, abatiendo hola tras ola de muertos que causaba tropiezos a los que venían por detrás de ellos dándome cada vez más tiempo y espacio.
Pero llego un límite, en un momento el abanico de balas silbantes se volvió muy abierto, derribando menos muertos con cada pazón que les propinaba, y cuando la cinta se volvió tan corta como para no arrastrar por el suelo, deje de disparar y envolví pronto la munición en el brazo.
Tanto miedo y tención que tenía, a lo pendejo. Con razón nunca le dan una ametralladora media a los personajes de series zombis, pierde todo el drama la persecución y barrer de a cuatro líneas por pazón; es hasta divertido.
Di media vuelta encontrándome solo. Volteaba en todas direcciones, y vi tres puntitos corriendo como el diablo a la lejanía.
— Bastardos.
La adrenalina de disparar como loco me había devuelto la fuerza para correr, emprendiendo su persecución, pero los malditos caminantes tuvieron la misma idea. Como si fueran infinitos volvieron a perseguirme a paso veloz. Los he visto correr mucho más que eso, ¿qué demonios les pasa?.
Están acelerando, me lleva la verga; no debí preguntar.
A cada segundo me les acercaba más y más, hasta que doblaron a la derecha, temí perderles el rastro, pero no tanto como temía ser alcanzado, pues devoraban el trecho que había dejado entre nosotros con más velocidad, y moviéndose como una sola entidad cual formaran un ferrocarril de la muerte alcanzando velocidades que nada deben envidiar a cualquier automotor.
Quiebro bruscamente a la derecha abriendo fuego tras de mi con una sola mano sin dejar de correr, cual disparara por accidente hacia sus piernas, el violento retroceso casi me arranca la ametralladora de las manos.
El escandalo no se hace esperar, sin resistir la tentación de voltear la cabeza, veo a los zombis caer estrepitosamente sobre sus compañeros como una gigantesca ola rompiendo contra el malecón, tal era su impulso que la marabunta se estrelló contra la esquina de una casa tumbándosela encima, levantando cortinas de polvo y tierra.
El espectáculo me fue interrumpido por tropezar y caer al suelo sin ningún aviso. Me levanté rápido, un sonido de tallón de metal arrastrante anuncio mi nuevo declive al piso, dirigí la vista a investigar que me detenía. Era verde, cuadrado y le asomaban balas unidas por una cinta desintegrable.
— O me la dejaron, o se les cayó.
La tomé rápido y seguí mi camino, al parecer ellos tampoco se resistieron a voltear, pues lo divise a media calle, y hablando de la calle, las cuatro malditas cajas estaban tiradas por ahí como si fueran cualquier cosa.
Recogí con presteza la que me hizo tropezar sacando la cinta de brillantes balas. Ya las sombras reinaban dejando, mortecinos pasillos de luz en tonos amarillos que separaban las sombras de las casas entre calle y calle.
Sujeté la nueva carrillera entre mis colmillos y apunte a los zombis que se retorcían entre el cumulo de cuerpos, rafagueando inclemente, hasta qué lo que sobraba en la primera cinta termino por desaparecer, solo con verlo, podías saber que no se levantarían, al menos no inmediatamente, pues arremetieron con tal ira, que hasta los huesos de les salieron a algunos apuñalando a muchos otros, uniéndolos en un solo cumulo.
Hasta su negra sangre ya corría entre las calles como diminutos ríos esparcidos en todas direcciones.
Abrí mi ametralladora encontrándola vacía, no había ni bala ni eslabón, y la recargue con la cinta que traía en el hocico.
No había señales de más zombis, es como si no estuvieran dispuestos a perder más de los suyos por comerse solamente a cuatro infelices.
El silencio me era aterrador, los cuerpos amontonados ni siquiera se retorcían.
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Si, ponlo
Donato Arteaga
2017-08-03 03:15:20 +0000 UTC