Necropolipzis (SPOILER)
Added 2017-09-06 22:59:50 +0000 UTCDía 12.
— Como no se nos ocurrió cambiarnos de casa.
— Cállate y empuja.
Bloqueábamos la puerta, nadie sabe por qué o como.
Desperté por gritos incesantes de Lizbeth y cuando me di cuenta ya estaba deteniendo la puerta con toda la fuerza de mi cuerpo.
La cerradura estaba rota; solo tres personas la deteníamos. Tenía la visión borrosa todavía, un mueble cayó detrás de otro, un par de cajoneras grandes que Samuel empujaba sobre el piso ayudando a detenerla. pero el azulejo era resbaloso, y la puerta se abrió de todos modos.
Salimos despavoridos sin tener idea de cómo acabamos en la azotea, la luz era muy tenue, debía ser de mañana todavía. Y al voltear la vista como loco buscando con que tapar nuestra entrada, comprobé que apenas amanecía.
Solo había tablones secos, quebradizos y fierros oxidados.
— El tinaco.— señaló Horacio al gigantesco Rotoplas negro que aguardaba a medio techo.
Ni perezosos ni tardíos lo arrancamos bruscamente de las tuberías donde se conectaba. y a rastras lo llevamos a tapar el hueco en el techo que daba a las escaleras; los zombis intentaban quitárselo de en medio, pero en los escalones sin barandal alguno, su número poco valía.
— ¡Mierda!. — exclamó Lizbeth metiendo los dedos en un hoyo casi en la base del tinaco donde rápidamente se escapaban los más de mil litros de agua estancada que contenía.
El agua aun escurría alrededor de su mano, buscábamos cualquier cosa para taparlo. pero tablas asoleadas y un par de tabiques, era todo lo que había.
Tomé un madero grisáceo que se deshacía solo con hacer un poco de fuerza, volviendolo un grueso y comprimido haz de leña que llevé hacia allá.
Le indiqué a Lisbeth que quitara la mano. y forcé la entrada de la leña martillándola cuidadosamente con un tabique, y con suma delicadeza metí astilla tras astilla en las goteras que quedaron, hasta que el agua dejó de fluir.
— Ya está tapado. — celebré.
— Y ahora qué hacemos?. — preguntó Samuel.
Aún estaba muy amodorrado para pensar, y luchando para no dormir recargado en el tinaco. Así que pisé el agua fría que me sacó del letargo. Y dije.
— Tenemos hasta cerca de las diez para que se resuelva solo.
— Qué estás diciendo. — renegaba Horacio,— hay que actuar ya.
— Y hacer qué?. — respondí estoico. — estamos en la puta casa de la colina, los otros techos están muy lejos para llegar saltando. Y aunque ideáramos como, no llegaríamos muy lejos, todos estamos descalzos. La casa está atestada de zombis como para entrar por una ventana y tomar las armas. Tenemos hasta las diez, máximo las doce para planear algo, o nos insolaremos y entonces sí que vamos a estar jodidos.
Nos quedamos viendo los unos a los otros como si eso nos fuera a dar una respuesta, la verdad ninguno sabía donde estaban las armas, por dios nisiquiera sabiamos si estaban todas juntas. así que no servía distraer a los zombis para que alguien se metiera a traerlas, podríamos acabar llevándolos justo sobre ellas. empezamos a hablar, pero en lo único que estuvimos de acuerdo es que las pistolas estaban en la segunda planta.
Claro que hubo planes, entre ellos era propulsar a uno para que llegara al techo de alguna casa del bajío, pero había dos inconvenientes. si no lo lograba, se lo iban a comer, pues seguro se rompia las piernas al caer a la calle, y eran tantos que aunque eso los distrajera, el resto no podía aprovecharlo para escapar; y el otro es que si lo lograba; como sabíamos que no escaparía por su cuenta.
Aunque nadie lo mencionó, éramos poco más que conocidos, ¿Qué razón íbamos a tener para arriesgar la vida por unos culeros que no nos importan?.
Estábamos tan estancados como la pestilente agua del tinaco.
Discusiones inútiles siguieron. Que por qué no nos cambiamos de casa si esa tenía un puto hoyote, como es que nadie traía su arma encima, por qué no nos habíamos largado desde ayer si estamos viendo que pedo es la ciudad, entre muchos otros temas. en fin; ni siquiera pudimos ponernos de acuerdo en quien era más pendejo.
aunque quisiéramos seguir ya nadie podía hablar, discutimos hasta que se nos secaron las gargantas.
El sol brillaba en el cielo, debían ser como las nueve de la mañana, y un grito de mujer rompió el silencio; seguido por muchos más. Nos acercamos a la orilla, los gritos provenían de una casa cercana y como si fueran perros infernales, sacaban a rastras a las personas rasgándolas con sus garras, abriendo llagas en los brazos y piernas por donde los tenían agarrados y arrancando tiras de piel con sus dientes. la gente se retorcia y luchaba aun desangrandose. y uno nos vio; un hombre de camisa azul, que nos suplicaba ayuda mientras le arrancaban los brazos para pelearse por ellos como perros por un hueso. y no pudimos hacer más, que apartar la vista.
Los gritos siguieron por horas, era mucha gente.
Los cielos se nublaron cuando la sombra del tinaco ya escaseaba, abriendo un panorama sombrío que acentuaba los gritos que ya, poco a poco, se desvanecían. Devolviendo la quietud, pero ya no era la misma.
Nos sentamos recargados en el tinaco, y en lo único que podía pensar, era la sangre que podía oler desde aquí.
— ¿Creen que ahora se vayan?. — dijo Lizbeth con algo de esfuerzo. — Ya tienen lo que querían, ¿no?.
— Aún estamos nosotros. — respondió Horacio sombríamente entre tosidos. — nunca se van hasta que solo queda uno.
Agarré un tabique gris que hice pedazos contra el suelo escogiendo las piedras más lizas que lo componían, me llevé algunas a la boca, y le pasé a los demás pidiendo que hicieran lo mismo.
—Es pa´ que saliven. — dije. — no creo que les vaya a quitar la sed, pero aunque sea para que puedan hablar.
— Como sabes tantas mamadas?. — preguntó Horacio ya mejor de la voz.
—Leía mucho. o eso me gustaría decir, la verdad es que he visto muchas películas.
— Yo también veía un chingo de películas.— decía Samuel. — y no sé una chingada, ni siquiera sé agarrar un arma, todavía me duele el hombro, y no he disparado desde antier.
— Yo igual. — dijo Lizbeth jugueteando con las piedras en su boca.
— A mí me entrenaron para eso; pero igual duele. — completó Horacio. — y no me enseñaron lo de las piedras.
— Suerte supongo. La verdad me la jugué, no sabía si el ladrillo iba a tener piedras lisas.
— No creo que una película te digan de cuales piedras sí o cuáles no.
— Lo deduje, ¿qué?. De niños no se metían piedras a la boca?.
— Claro que no.
— Mi mamá no me dejaba.
— Por supuesto que no.
— Pues yo sí, y me acuerdo que salivaba si las tenía mucho tiempo en la boca.